«Me encanta leer, pero no tengo tiempo».
«Yo leo sobre todo en verano».
«Antes leía muchísimo».
Escucho estas frases con bastante frecuencia entre adultos. Y probablemente no tendrían demasiada importancia si, al mismo tiempo, no estuviéramos preocupados porque nuestros niños y adolescentes leen menos, saltan rápidamente de una cosa a otra o tienen dificultades para mantener la atención durante un tiempo.
Les pedimos que lean. Que se concentren. Que dejen el móvil. Que escuchen cuando alguien habla. Que terminen una cosa antes de empezar la siguiente…
Y quizá, antes de seguir buscando estrategias para conseguirlo, deberíamos hacernos una pregunta un poco incómoda:
¿Dónde están viendo ellos todo eso?
No lo planteo como un reproche. Al contrario, padres, madres, profesores y educadores vivimos exactamente dentro del mismo mundo que ellos.
Contestamos un mensaje mientras alguien nos habla. Miramos una notificación mientras comemos. Abrimos un correo cuando todavía no hemos terminado otro. Cogemos el móvil casi sin saber para qué lo hemos cogido.
Muchas veces ni siquiera somos conscientes. Vivimos buena parte del día en piloto automático.
Y después les pedimos atención.
Quizá por eso el problema de la atención infantil y adolescente no pueda abordarse mirando únicamente a los niños.
La atención no se enseña, se entrena. Pero también se observa, y de alguna manera, se contagia.
No necesitamos padres perfectamente atentos ni profesores capaces de mantener una presencia zen durante ocho horas —además de imposible, sería bastante agotador—. Necesitamos adultos conscientes de que nuestra manera de estar también educa.
Un niño aprende algo sobre la atención cuando ve a un adulto dejar el teléfono para escucharle. Cuando alguien mantiene una conversación sin mirar una pantalla. Cuando ve leer simplemente por placer. Cuando en casa podemos estar unos minutos sin necesidad de llenar inmediatamente cualquier silencio.
Y también cuando un profesor dice: «Espera, vamos a pensar esto un momento».
Hay algo importante aquí: atención no significa obediencia.
Un niño quieto no necesariamente está atento. Y otro que mira por la ventana durante unos segundos no necesariamente ha dejado de aprender.
Prestar atención implica orientar nuestros recursos hacia aquello que estamos haciendo, mantenerlos durante un tiempo y, algo fundamental, aprender a volver cuando nos distraemos.
Porque nos vamos a distraer. Los adultos también.
Quizá educar la atención tenga menos que ver con exigir concentración permanente y más con eso: con enseñar a volver.
Algo ha cambiado en nuestra manera de atender.
Casi sin darnos cuenta, hemos aprendido a fragmentar la atención de manera constante. Saltamos de un mensaje a una noticia, de un vídeo a otro, de una conversación a una notificación. La inmediatez se ha ido imponiendo: esperamos respuestas rápidas, contenidos breves y estímulos nuevos continuamente.
Y esa forma de funcionar entra en conflicto con algo que aprender, leer y comprender necesitan: tiempo y atención sostenida.
Los datos llevan tiempo señalando la distracción digital entre los estudiantes. El informe PISA 2022 mostró que, en España, uno de cada tres alumnos reconocía distraerse con dispositivos digitales en la mayoría o en todas las clases de matemáticas.
Hoy existe mucha más conciencia sobre el uso de los móviles y los dispositivos están prohibidos o restringidos en muchos centros educativos. Esto reduce una fuente evidente de interrupción dentro del aula, pero toda esta tecnología sigue formando parte de nuestra vida fuera de ella.
Y hay algo que no podemos dejar en la puerta de clase: la forma de atender que estamos entrenando durante el resto del día.
Además, ahora la preocupación va un poco más allá. Ya no hablamos únicamente de cuánto tiempo conseguimos mantener la atención. Los datos educativos también están poniendo el foco en las dificultades de comprensión lectora.
Comprender un texto exige bastante más que leer sus palabras. Requiere permanecer en él, relacionar ideas, recuperar información, hacer inferencias, tolerar no entender algo a la primera y, a veces, volver atrás.
A lo mejor no podemos responsabilizar a la atención fragmentada de todos los problemas educativos o de comprensión lectora. Sería simplificar demasiado una realidad educativa compleja.
Pero sí podemos hacernos una pregunta:
¿Qué ocurre con nuestra capacidad para comprender cuando cada vez entrenamos menos nuestra capacidad para permanecer?
Podemos retirar el móvil del aula —y sin duda es útil y necesario hacerlo—, pero eliminar una fuente de distracción, y también de conflicto —aunque ese sea otro tema—, no significa necesariamente haber aprendido a prestar atención.
Porque la tecnología es también una herramienta educativa fundamental y necesitamos aprender a convivir con ella.
La cuestión es otra:
¿Quién dirige nuestra atención?
¿Somos nosotros quienes decidimos dónde colocarla o vivimos reaccionando constantemente al siguiente estímulo?
Y la escuela tampoco está fuera de esta realidad.
Pedimos al profesorado que enseñe atención dentro de jornadas llenas de programas que cumplir, evaluaciones, plataformas, correos, reuniones, burocracia e interrupciones. También los adultos vivimos dentro de la cultura de la urgencia.
¿Puede una escuela enseñar atención si su propia organización apenas deja espacio para ejercerla?
Tal vez no necesitemos añadir más horas, otra aplicación o veinte minutos más de entrenamiento atencional. Quizá podamos empezar recuperando experiencias mucho más sencillas.
Leer algo sin tener que producir inmediatamente una respuesta.
Escuchar sin preparar, mientras tanto, lo que vamos a decir.
Mantener una conversación suficientemente larga.
Observar.
Dejar unos segundos antes de responder una pregunta.
Terminar una tarea antes de abrir la siguiente.
Incluso, por qué no, aburrirnos un poco.
Porque “enseñar” a prestar atención no consiste en decir: “presta atención”.
Debemos crear situaciones en las que merezca la pena prestar atención.
Una buena pregunta. Una historia que despierta curiosidad. Una conversación en la que alguien se siente escuchado. Un profesor que sabe detenerse en algo porque percibe que ahí está ocurriendo el aprendizaje.
Todo eso también puede despertar la atención.
Y quizá podamos empezar por algo todavía más sencillo: observar nuestra propia relación con ella.
No para sentirnos culpables. Para recuperar capacidad de elección.
Cerrar alguna pestaña. Dejar alguna vez el teléfono lejos. Volver a leer. Escuchar hasta el final. Mirar a quien tenemos delante.
Porque educamos con lo que explicamos, pero también —y mucho más de lo que pensamos— con nuestra manera de ser y de estar.
Y, ya que hemos llegado hasta aquí, te propongo algo muy sencillo.
La próxima vez que estés leyendo, trabajando o hablando con alguien, observa cuándo aparece el impulso de mirar el móvil, cambiar de tarea o irte mentalmente a otro lugar.
Date cuenta. Y vuelve.
A lo que estabas haciendo. A quien tienes delante.
Eso es entrenar la atención. Y quizá también sea una de las formas más sencillas de enseñarla: practicarla nosotros primero.
Sin grandes cambios. Sin hacerlo perfecto.
Porque nuestros hijos y alumnos no aprenden sobre la atención cuando les pedimos que presten atención. Aprenden practicando y observándonos.
Y ahora sí, quizá merezca la pena preguntarnos:
¿Qué están aprendiendo sobre la atención cuando nos miran?
